Alexandra Ferguson

Nota del editor: Jens Ludwig es un profesor distinguido Edwin A. y Betty L. Bergman de la Universidad de Chicago, director Pritzker del Laboratorio de Criminalística de la Universidad de Chicago y miembro electo de la Academia Nacional de Medicina de las Academias Nacionales de Ciencias.

(CNN) — En 1973, dos psicólogos idearon un ingenioso experimento. Tomaron a un grupo de estudiantes del Seminario Teológico de Princeton y les pidieron que atravesaran el campus para dar una conferencia sobre la parábola del “Buen Samaritano”. A lo largo de su ruta, los psicólogos colocaron a alguien en una puerta, sin moverse, con los ojos cerrados, tosiendo y gimiendo mientras los sujetos del estudio pasaban, alguien, en otras palabras, claramente necesitado de la ayuda de un buen samaritano.

Hubo un giro: antes de que los estudiantes salieran a dar su conferencia, a algunos les dijeron que llegarían tarde. A otros no se les dijo nada en absoluto. Esa pequeña variación en su situación marcó la diferencia en su comportamiento.

Solo el 10% de los estudiantes que iban “tarde” se pararon a ayudar al hombre, mientras que casi dos tercios de los que llegaban “a tiempo” se pararon a ofrecer ayuda. Como dicen los psicólogos, “en varias ocasiones, un seminarista que iba a dar su charla sobre la parábola del buen samaritano pasó literalmente por encima de la víctima mientras se apresuraba a seguir su camino”.

Los dos psicólogos no lo sabían entonces, y desde luego no era su intención, pero a través de su estudio demostraron algo inesperado: un factor clave de la violencia con armas de fuego en Estados Unidos.

Hoy en día, cuando la violencia con armas de fuego está aumentando en las ciudades estadounidenses, vemos una creciente preocupación sobre lo que se puede hacer, si es que se puede hacer algo. Durante 50 años, las políticas de Estados Unidos estuvieron motivadas por la idea de que el mal comportamiento es causado por gente mala, lo que llevó a pedir “mano dura contra el crimen”, lo que a su vez condujo a la construcción del mayor sistema penitenciario del mundo.

Esas políticas nos dejaron con una tasa de homicidios que sigue siendo más alta que la de cualquier otro país rico, al tiempo que suponen un costo desastroso para la sociedad, en particular para las comunidades negras y de color.

Está claro que eso no ha resuelto el problema.

Pero el estudio del “Buen Samaritano” nos muestra que nuestros comportamientos a menudo no se deben a nada de nosotros como personas, sino a nuestras situaciones. En la medida en que esta idea ha tenido cabida en el debate sobre la delincuencia, se ha tendido a centrar la atención en las causas fundamentales: la pobreza, la segregación o la disponibilidad generalizada de armas para personas que no deberían tenerlas.

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Por una buena razón, estas causas son realmente críticas. Resulta sorprendente que hace más de 50 años el presidente Lyndon Johnson pidiera un cambio drástico para abordar las causas fundamentales y que, sin embargo, no haya cambiado lo suficiente.

Resolver estos problemas parece ser, por desgracia, un proyecto a largo plazo.

La sabiduría convencional actual, por tanto, parece dejarnos con la elección entre repetir el pasado o intentar lo imposible. Pero hay otra forma de abordar la violencia con armas de fuego que no ha recibido suficiente atención pública.

Los nuevos conocimientos de la ciencia del comportamiento sugieren que hay más situaciones que las causas fundamentales, como sugiere el propio ejemplo del “Buen Samaritano”, y nos ayudan a ver que el progreso en la crisis de la violencia armada es mucho más posible de lo que hemos pensado.

El crimen no es lo que se piensa

El problema de la delincuencia en Estados Unidos tiene que ver realmente con la violencia de las armas, que devasta a las familias, las comunidades y que al aislar o expulsar a personas y empresas, daña incluso a las propias ciudades. Casi ocho de cada 10 asesinatos en Estados Unidos fueron cometidos con un arma de fuego en 2020, según datos del Pew Research Center.

Pero la violencia con armas tampoco es lo que se piensa. A diferencia de lo que vemos en las películas o en la televisión, la violencia con armas de fuego en Estados Unidos no está totalmente impulsada por las guerras entre bandas por el territorio de la venta de drogas. No está claro que nuestra imagen mental de que los homicidios se deben a una especie de análisis racional del tipo costo-beneficio, en el que los tiroteos se planifican y se piensan previamente, sea precisa.

A menudo comienzan con algo totalmente distinto. Las palabras, o las discusiones, para ser más específicos, son con frecuencia la circunstancia principal que conduce a un homicidio.

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Un vecino no le baja a la música. Un casero y un inquilino discuten por la falta de pago del alquiler. Un grupo de adolescentes cree que otros adolescentes robaron una bicicleta. Alguien se mete en el tráfico. Todas las discusiones que podrían haber sido desescaladas pero no lo fueron, y terminan en tragedia, simplemente porque alguien tiene un arma.

Lo que realmente tenemos es un problema de discusiones con armas. Saber esto cambia la forma en que debemos cuestionarnos si es posible prevenir la violencia, y cómo.

Una nueva perspectiva

La ciencia del comportamiento nos ayuda a ver por qué nos equivocamos tan a menudo en las discusiones, y cómo nuestras situaciones pueden hacer que los errores sean más probables.

Imagina que jugamos a un juego en el que yo muestro rápidamente una palabra y te pido que nombres el color de la tinta con la que está impresa la palabra. Primero te muestro “azul”, que aparece en tinta azul. Tú dices “azul”.

Luego te muestro “rosa”, en tinta rosa. Muy bien. Por último, te muestro la palabra “verde” impresa en tinta roja. Tu primer instinto sería decir “verde” porque leer las palabras que se te presentan es casi siempre la forma más útil de interactuar con las palabras. Lo haces automáticamente.

Este experimento, conocido como el “test de Stroop”, revela algo fundamental sobre el funcionamiento de la mente: el pensamiento consciente y deliberado es agotador, por lo que nuestra mente trata de evitarlo en la medida de lo posible. En su lugar, tendemos a confiar en las respuestas automáticas que funcionan bien para las situaciones ordinarias que vemos una y otra vez.

El test de Stroop nos muestra que esas respuestas automáticas pueden meternos en problemas cuando se generalizan en exceso a situaciones poco comunes. Cometemos un error porque confundimos una situación fuera de lo común (“identifica el color de la tinta de las palabras que tienes delante”) con una situación ordinaria (“lee las palabras que tienes delante”) y recurrimos a nuestra respuesta automática.

La ciencia del comportamiento y la violencia armada

Esta idea de la ciencia del comportamiento nos ayuda a entender por qué la violencia con armas de fuego es mayor en algunos barrios que en otros. En las zonas desfavorecidas, un gran número de investigaciones sociológicas sugiere que los jóvenes, por desgracia, aprenden que están solos en lo que respecta a su seguridad.

En muchos de estos barrios, un gran número de adultos locales están encarcelados en el sistema de justicia, lo que abruma a los adultos e instituciones que quedan, y deja a los jóvenes que viven allí vulnerables a la intimidación, la agresión o la violencia de otros.

Cuando se les desafía, necesitan desarrollar una respuesta automática para defenderse, de modo que no se les vea como un blanco fácil. Un amigo mío que creció en el lado oeste de Chicago, donde hay mucha violencia, lo expresó así: no defenderse “abriría las puertas de la victimización”.

Pero el mismo atajo mental que puede permitir a los jóvenes evitar ser acosados, molestados o golpeados repetidamente fuera de la escuela, los pone en peligro cuando se confía en ellos en una situación fuera de lo común, como cuando alguien tiene un arma.

En cambio, en el barrio de Hyde Park (sede de la Universidad de Chicago), de gran diversidad económica y racial, los jóvenes nunca tienen que desarrollar el reflejo de lucha. La universidad pone un guardia de seguridad o un teléfono de emergencia en casi todas las esquinas, y también hay muchos otros profesores, comerciantes y otros adultos alrededor.

Los jóvenes de estas zonas aprenden que la respuesta automática correcta a un desafío es no resistirse, y luego ir a avisar a un guardia de seguridad. Esa es también la respuesta correcta ante situaciones fuera de lo común, como cuando alguien tiene un arma. Confiar en las respuestas automáticas no es un gran problema cuando el mismo comportamiento funciona tanto en situaciones ordinarias como fuera de lo común.

También se da el caso de que el estrés hace que las personas sean más propensas a confiar en las respuestas por defecto, como el reflejo de lucha, y que los niveles de estrés y trauma son mucho más altos en algunos barrios que en otros.

Como señalan los investigadores Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir en su libro “Scarcity: Why Having Too Little Means So Much”, el estrés agota el ancho de banda mental y nos lleva a recurrir más a nuestras respuestas automáticas. En los barrios más desfavorecidos, que son los más difíciles de navegar, el estrés hace que esa navegación sea aún más difícil.

La lección clave es que el comportamiento delictivo no es fundamentalmente diferente del comportamiento humano. Los adolescentes de los barrios prósperos con menos casos de violencia callejera no son más morales o reflexivos que los de cualquier otro lugar; lo que ocurre es que sus vidas exigen menos pensamiento deliberado para navegar porque sus situaciones son menos severas.

Lo vi en uno de los primeros estudios de investigación en los que participé, la iniciativa Moving to Opportunity (MTO) del gobierno federal. A partir de 1994, la MTO ayudó a las familias de los barrios con dificultades económicas a trasladarse a zonas con menos dificultades. Es de suponer que el traslado de unos pocos kilómetros no alteraba el carácter de los participantes, y los ingresos de las familias MTO tampoco cambiaban cuando se trasladaban. Sin embargo, las detenciones por delitos violentos de los adolescentes de la iniciativa MTO se redujeron en casi un 40%.

¿Qué cambió? La dificultad de las situaciones a las que se enfrentaban.

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Diez minutos

Hace unos años visité el Centro de Detención Temporal de Menores de Chicago, que es donde se recluye a los adolescentes considerados de “mayor riesgo” mientras sus casos pasan por el tribunal. Un supervisor del personal me dijo que siempre les dice a los chicos que no son malas personas, que solo tomaron malas decisiones en situaciones enormemente difíciles. O, como él les dice: “Si pudiera devolverles solo 10 minutos de sus vidas, ninguno de ustedes estaría aquí”.

Esto sugiere que una forma de reducir la violencia con armas de fuego es hacer que las situaciones difíciles que los jóvenes se ven obligados a atravesar, esas ventanas de 10 minutos, sean menos severas. En el contexto del enfoque tradicional de Estados Unidos sobre la delincuencia violenta, se trata de una idea radical. Va directamente en contra de la noción de que incapacitar a las personas es la única manera de reducir la violencia con armas de fuego. En cambio, nos dice que debemos centrar nuestros esfuerzos políticos en cambiar las situaciones a las que se enfrentan las personas y las herramientas que tienen para navegar por esas situaciones.

Como nos muestra el estudio de la MTO, quizá el cambio estructural más importante que podríamos hacer en este sentido es reducir la segregación que asola nuestras ciudades y que deja a demasiados barrios con pocos recursos y con demasiada presión. Otro sería limitar la amplia disponibilidad de armas ilegales en nuestras calles, que hace que los delitos sean mucho más letales. Pero los avances en cualquiera de estos frentes, aunque de suma importancia, han resultado ser muy lentos.

Mientras tanto, hay medidas tangibles que podemos tomar ahora mismo para hacer que las situaciones difíciles sean menos severas. Por un lado, podemos hacer más probable que haya adultos cerca que puedan intervenir y ayudar a desescalar las discusiones antes de que se salgan de control. Esta es la lógica que subyace a las organizaciones de compromiso comunitario y de interrupción de la violencia, que por primera vez se pretende financiar sustancialmente en el presupuesto federal propuesto para el próximo año.

El potencial de este enfoque para ayudar a prevenir la violencia con armas de fuego no es una ilusión. Las investigaciones realizadas en una serie de ensayos de control aleatorio, del tipo que proporcionan la evidencia “estándar de oro” en medicina, así como los estudios de “experimentos políticos” que se producen de forma natural, demuestran que casi cualquier cosa que saque a más gente a la calle, desde la instalación de un mejor alumbrado público hasta la conversión de terrenos baldíos en parques, reduce la delincuencia.

Un segundo enfoque complementario, que históricamente no ha formado parte del debate público, es ayudar a los jóvenes a atravesar las situaciones difíciles que nuestras políticas pasadas no han conseguido solucionar.

Cómo se compara la cultura de armas de Estados Unidos con el resto del mundo

Consideremos un ejercicio practicado en uno de los programas de intervención contra la violencia más eficaces de Chicago, Becoming a Man (BAM). Los adolescentes se ponen en parejas; a uno se le da una pelota de goma, y al otro se le dan 30 segundos para sacar la pelota del puño de su compañero. Inevitablemente, los dos adolescentes acaban en el suelo, luchando y peleando para conseguir, o no perder, la pelota.

Después de que los adolescentes cambien de papel y se produzca la misma lucha, el consejero de BAM pregunta por qué nadie le pidió la pelota a su compañero. Suelen poner cara de sorpresa y decir algo parecido a: “El otro habría pensado que soy un cobarde”. El consejero pregunta al compañero si eso es cierto. La respuesta habitual: “No, yo se la habría dado. Es solo una pelota estúpida”.

Este ejercicio, llamado “el puño”, no enseña a los participantes a ser mejores personas. En cambio, les da las herramientas que necesitan para abordar el problema real: la situación. Al enseñar a los jóvenes a reducir la velocidad en situaciones de estrés, les ayuda a tomar decisiones en el momento que, de otro modo, podrían conducir a la violencia.

Esencialmente, aprenden a evaluar sus respuestas automáticas y, en algunas situaciones, a pedir la pelota, o a detenerse para ayudar a una persona que tose en una puerta. Las investigaciones, que incluyen varios ensayos controlados aleatorios realizados por mi centro de investigación, el Laboratorio del Crimen de la Universidad de Chicago, descubrieron que BAM reduce las detenciones por delitos violentos en casi un 50%. Aunque la ampliación de los programas sociales suele ser un reto, es alentador que veamos efectos positivos similares en programas relacionados, como Choose To Change y programas impartidos en otros entornos como los centros de detención de menores.

La tragedia es que la idea convencional de que la delincuencia es producto de personas malas llevó a Estados Unidos a centrarse en un conjunto limitado de respuestas políticas que crearon el mayor sistema penitenciario del mundo. No se mete a alguien en la cárcel de por vida si se cree que puede cambiar.

La buena noticia es que nuestra mejor comprensión del comportamiento humano nos ayuda a ver que la prevención de la violencia con armas de fuego no consiste en enfrentarse a las personas malas. Se trata de crear situaciones que devuelvan a los jóvenes esos 10 minutos clave.

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